Cierro el libro y decido observar lo que sucede, muchos pequeños niños corren y gritan su alegría, suben y bajan del columpio, desaparecen en el cubo verde para luego aparecer por la manga amarilla cayendo desmadejados sobre la arena.
Matías y Felipe ya son los mejores amigos por un día, la química fué instantánea, como suele pasar a esa edad, cuando aún no importan las formas. Felipe saca algo parecido a una galleta del pequeño bolsillo de la chaqueta calipso sin mangas y la comparte enarenada y deforme con su nuevo amigo quien la agradece con una rápida sonrisa mientras la muerde y se esfuerza por pasarla junto a la arena.
Una joven mujer sentada junto al autito de colores olvidado intenta sacar la botella de jugo de un bolsito, mientras observa con cariño a los niños, pero Matías ya pasó la galleta, se levanta para desaparecer nuevamente en el cubo verde seguido por Felipe. Ella piensa, como tantas veces durante el día, en sus hijos al cuidado de su esposo, a quienes extraña y mientras guarda la botella se conforta pensando que pronto podrá ahorrar lo suficiente para traerlos a este país que no ama, pero donde está pudiendo armar su vida. Quisiera ser nuevamente una niña de trenzas negras, vivir con su madre y
Aún queda mucha gente, dos mujeres fuman y hablan sin parar, gesticulando felices mientras planean lo que harán el fin de semana que se acerca.
Tres hombres y dos mujeres, echados sobre una manta comparten lo que han traído para almorzar, mientras se burlan de uno de ellos por algo que no logro escuchar, disfrutan organizados de un día de camping que solo dura una hora.
En la esquina sur de la plaza se ven los abuelos de siempre, sobre las sillas de ruedas, acompañados de las enfermeras. Hoy no parecen tan alegres, el frío los afecta, pienso y luego imagino que sufren porque inevitablemente el día terminará, la noche traerá soledad y padecerán una vez más los desaires de esa joven que no los quiere, que los atiende despojada de toda delicadeza, que los hace sentir como cosas, como cosas molestas que hay que cuidar y limpiar y a veces castigar…¡Para!, me digo, estás tomando la ruta equivocada, deja de pensar en negativo, tal vez solo es la edad, el cansancio, van perdiendo el brillo y junto a él, las ganas.
Por la esquina opuesta aparecen dos peinados y perfumados canes de “marca” arrastrando a su amo, que toma una de las bolsas del contenedor que reza “Su perro debe llevar bozal. Debe limpiar si su perro ensucia. Bolsas gratis. Municip…”, -por si las moscas- y continúan paseando, felices por la atención recibida.
A lo lejos veo a el “loquito del carro”, la gente lo mira con repugnancia, se alejan asqueados y sin disimulo del hombre que hace tiempo perdió algo más que lo material. Famoso visitante de la plaza y del depósito de pilas para reciclaje que orinaba , lo que obligó a reubicarlo en un lugar que hace imposible su uso para el desagüe considerando la anatomía humana. Me entristece pensar en su vida, en cómo sobrevive a este clima, pero sobre todo en la soledad, que lo obliga a buscar compañía en este lugar, aún cuando el precio sea el rechazo. No tengo nada para dar, pienso que la próxima vez pondré algo en mis bolsillos, por ahora solo puedo ofrecerle una sonrisa de reconocimiento al pasar.
Ya son las tres, hora de volver, cierro los ojos, muevo cinco veces los dedos de los pies que se niegan a entrar en calor, respiro profundo con la cara de vuelta hacia el sol como una maravilla y regreso caminando sin apuros a la oficina mientras espanto el sueño y me pregunto si los niños se verán mañana, los abuelos dormirán tranquilos esta noche, las mujeres realmente serán tan felices, los amigos terminarán siendo algo más que eso y si el hombre del carro comerá algo caliente hoy.
1 comentario:
Ori!!! toda una escritora!!! me encantó tu relato y ahora quisiera conocer la plaza. Yo como lectora, que tiene el privilegio de conocer personalmente a la autora, me la imagine sentada con unos pantalones grises (no sé por qué) y su piel blanquita con algunos lunares...aros y anillos de plata sin duda, la melena suelta y BRI LLAN TE...y hasta sentí el aroma de tu pelo, siempre delicioso.
Así como te vi, me vi yo también sola como muchas veces estoy y decidí acompañarte en la banca, sacar yo también mi libro y recibir en mi cara el viento de Santiago en invierno.
Y pude estar un ratito otra vez en mi querido Chile.
TQM
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